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martes, 17 de noviembre de 2020

Garbancito de la Banca

 

Garbancito de la banca…

¿Un cuento? ¿o una pesadilla?

Garbancito nació en una ciudad de esas que se llaman medianas, donde todo es normal, donde todo se hace y se queda a medias… o se quedaba.

Tuvo una infancia feliz y un tanto precipitada. Aún era adolescente cuando empezó a trabajar en “La Caja”. Un trabajo para toda la vida le dijo su abuela materna llorando. Y lo fue, por lo menos durante la vida de la abuela.

Aunque no venga al caso, garbancito creció personal y profesionalmente en esa “cajita”. Todo fue bastante deprisa, como en todo en su vida. A los veintiocho, estaba felizmente casado con “Garbancita”, tenían a “Garbancitilla” y “Garbancitillo” y dirigía su primera oficina. Todo bien. 

Hasta que a los treinta y nueve empezó a sentirse un garbanzo sin porvenir, se lio la manta a la cabeza y se fue a conocer otros mundos profesionales. A buscarse la vida, lejos de la “madre caja” donde tod@s le apreciaban y le auguraban un futuro tan brillante, como lejano lo presumía él.

En aquel momento Garbancito, creía que había roto sus vínculos con “la banca”. No sabía que la banca siempre estaría allí, para cubrirle las espaldas…

El caso es que Garbancito probó varias cosas en las que trabajar, la primera de las cuales era una representación internacional para una compañía que trabajaba por todo el mundo.

Al empezar, quiso confiar los servicios de administración de sus finanzas a la Banca Bipolar para Valientes Avanzados, a quien para abreviar denominaremos BBVA. Poco duró la relación pues el BBVA, le comunicó a Garbancito que ellos no eran muy de legumbres, que ellos eran más de guisos, carnes y pescados suculentos… Así que le acompañaron a la puerta, dejándole desconsolado. Era un rechazo tan gratuito como inmerecido, así que volvió a su “caja” donde le conocían de toda la vida a él y a su familia. No en vano empezó a trabajar allí cuando aún vestía pantalones cortos.

Después de un par de experiencias laborales más, Garbancito preparó su propio plan de negocio para desarrollar su proyecto de empresa, conoció al que todavía hoy es su socio, y con Garbancita se pusieron en marcha.

Como era de esperar, la primera cuenta que abrieron fue en su “Caja de toda la vida”. En esos momentos, la Caja estaba iniciando el proceso de fusión con otras dos cajas comarcales más.


Una suma de cajas que aún mantenía ciertas estructuras y modelos, y donde Garbancito, sus socios y su familia se seguían sintiendo cómodos en el trato, pese a que los servicios eran cada vez más costosos, y los rendimientos más exiguos.

La empresa de Garbancito y sus socios capearon la crisis de esos años con esfuerzo e imaginación, lo que hizo que alguna otra caja y un banco de mediana dimensión, se interesaran por ellos. La caja en cuestión fue absorbida por otra más grande en ese proceso de fusiones del que hablábamos.

El Banco de Sigabien, hasta ahora sigue siendo uno de los proveedores de servicios financieros de la empresa de Garbancito. Y digo hasta ahora.

Con lo que se dio en llamar la “crisis del tocho”, que lo fue para los ciudadanos, pero mucho menos para los bancos, las Cajas resultantes de las fusiones anteriores, y con las que Garbancito mantenía una relación cordial, fueron “adquiridas” por el simbólico precio de 1 €uro cada una por la Banca Bipolar para Valientes Avanzados. Tenían un montón de “activos tóxicos” dijeron para justificar eso, y las ayudas que recibieron del Estado (eufemismo en el que se diluyen las cosas que pagamos entre tod@s).

Total, que, de buenas a primeras, Garbancito, su familia y sus trabajos, se veían obligados a mantener una relación comercial con el banco que lo había expulsado en su momento.

 No solo eso. Con los años, el BBVA ha ido cambiando por su cuenta todos los pactos y condiciones que Garbancito había firmado con las Cajas. Su argumento ha sido siempre “Estimado Sr. Garbancito, esto es lo que hay, si no le interesa ya sabe dónde está la puerta”.

Para colmo, ayer anunciaron en TV que el Banco de Sigabien, y la Banca Bipolar para Valientes Avanzados, estaban estudiando una posible fusión. “Para cumplir con las exigencias de Europa” dijo el avispado periodista, sin cuestionarse siquiera si hay algo de verdad en esa afirmación.

Definitivamente, Garbancito ha visto como aquel banco, al que no le gustaban las legumbres, ha ido comprando (en realidad aceptando regalos) los bancos y cajas a los que si les gustaban. Ahora las legumbres se ven obligadas a estar en la cazuela de los centollos, langostas y cigalas sin haberlo comido ni bebido. Viven la pesadilla de ver como los empleados del banco, que lo hacen por su propio plato de lentejas, les maltratan por culpa de los que mandan. Siguen sin gustarles las legumbres y las van a dejar fuera de sus guisos tarde o temprano.

El problema es que para una buena nutrición es necesaria una dieta equilibrada. Y la de los cuatro bancos que van a quedar no lo es. Demasiadas grasas animales y poca energía de la tierra. Cuantos empleados, oficinas y clientes hayan quedado en el camino no les importa…

Cuándo solo queden ellos, ¿de que vivirán? ¿se comerán unos a otros?

Hoy Garbancito me preguntaba “¿tu crees que están viendo tan cerca su final (y el del sistema) que quieren morir matando?”

Yo no lo sé, pero espero que las próximas generaciones superen esta pesadilla…

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